Un Genio muy cabrón.

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Un hombre caminaba por la playa y encontró una lámpara de bronce medio colgada en la arena. El hombre la sacó de la arena y vió que el objeto era precioso, brillante, con algunas incrustaciones de piedras que parecían valiosas. El hombre no entendía de joyas pero le pareció una lámpara maravillosa.
¿Y si la froto? – Pensó.
Y eso hizo. La frotó cuidadosamente, y luego con ansia, y en el momento que lo iba a dejar salió un humo intenso de la lámpara y una voz muy grave, como de ultratumba, que le asustó. El hombre tiró la lámpara a la arena y esperó entre miedo y curiosidad en que acabaria aquello.
Pasaron solo unos instantes desde la última frotada y se materializó un Genio delante de el hombre.
¡Cáspitas! – Dijo el hombre, bueno, realmente dijo coño, pero por si lo lee algún menor mejor lo dejamos en cáspitas.
¿Por qué interrumpes mi descanso? – Replicó el Genio.
Lo siento, pero no me he podido reprimir a frotar un objeto tan precioso. – Le dijo el hombre al Genio.
Vaya, y claro, ahora querrás tres deseos ¿no? – Dijo el Genio.
Hombre, perdón, señor Genio, ¿no podrían ser cuatro? – Dijo el hombre probando suerte.
Vaya con el listo… – Pensó el Genio. – Claro que si, te mereces esos cuatro por despertarme de mi letargo. Dime el primero.
El hombre pensó unos instantes. Tantas cosas con las que había soñado ahora se podían hacer realidad. No pensó solo el primero, los pensó todos. Como cuarto pediría tener cuatro deseos más. No había que desperdiciar la ocasión.

Señor Genio, – Dijo el hombre. – como primer deseo quiero tener una polla grande.
Concedido. – Dijo el Genio y sonrió.
El hombre observó expectante su entrepierna. Todo parecía igual. No había cambiado nada. – Pero… ¿y mi deseo? – Preguntó el hombre extrañado.
Concedido. – Dijo tajantemente el Genio.
¿Concedido?, y una leche… – Recriminó el hombre.
Aún estaba el hombre buscando cambios en su entrepierna cuando de repente oyó un graznido a su lado. Efectivamente se le había concedido el deseo. Tenía una polla muy grande a su lado, pero nada parecido a lo que el hombre esperaba.
Señor Genio, le dije una polla grande ¿y usted me da una gallina obesa? – Dijo bastante alterado el hombre.
Me has pedido una polla grande y es lo que te he concedido. Pide tus deseos claramente y con lenguaje correcto o puedo equivocarme. – Dijo de manera solemne el Genio.
Me cago en la puta… – Murmuró el hombre.
A ver, rectifiquemos, quiero…
Recuerda que este es tu segundo deseo. – Interrumpió el Genio.
El hombre pensó durante unos segundos. Tenia la opción de en el cuarto pedir cuatro más.
Vale señor Genio. Como segundo quiero tener un pene grande. ¿Sabe lo que es un pene no? Eso que tenemos los hombres en la entrepierna. Pene, pilila, polla, pero dejémoslo en pene. Quiero un pene grande.
Concedido. – Dijo con una sonrisa el Genio.
Ay! – Gritó de dolor el hombre. – ¿Pero que coño? – Se preguntó angustiado.
El hombre descubrió con gran dolor que efectivamente tenia un pene grande, pero taladrándole el trasero y unido a ese pene descomunal se encontraba un hombre bien fornido.
¿Tercer deseo? – Dijo el Genio con gran talante.
¿Tercer deseo? ¿Será hijo de puta este Genio? – Pensó entre lágrimas de dolor el hombre.
Vale, rápido, el pene grande lo quería delante, aquí, ¡aquí! – Gritó el hombre señalando la parte baja de su pelvis.
Concedido. – Dijo el Genio con una amplia sonrisa.
¡Pero será hijo de puta! – Gritó con afirmación el hombre.
Aún no sentía el dolor más infrahumano en su ano y el hombre fornido que antes se trabajaba su trasero ahora lo tenía delante mismo de él penetrándole lo que antes era su pene y ahora se había convertido en una vagina.
¡Esto debe ser un sueño! ¡Una pesadilla! – Gritaba preso del pánico y de la incredulidad el hombre. –  Y este tio ¿Qué coño pasa? ¿no tiene escrúpulos? ¿Se lo folla todo? ¡Si por lo menos estuviera buena!
Concedido. – Dijo el Genio con una gran carcajada.
Cuando el humo se disipó había desaparecido el hombre fornido de pene grande, y también el hombre que con tantas ganas había frotado la lámpara maravillosa. En su lugar había un envase de cartón, cuadrado, de unas dimensiones que podría albergar un volante de camión en su interior.
Uhm, que hambre tenía coño. – Dijo el Genio.
Abrió el envase y cogió la mejor pizza cuatro quesos que se puede imaginar y empezó a comer.

Hay varias moralejas en esta historia.
La primera. Si tienes cuatro opciones son cuatro, no cinco ni seis, solo cuatro, piensa bien lo que vas a hacer porque cagarla es muy fácil y más si el que tienes delante es un hijo de puta como el Genio que va a su puta bola.
La segunda. Si te encuentras una lámpara maravillosa no pidas una polla grande, hazlo con estas palabras: "quiero que mi pene tenga erecto 25 centímetros de longitud y 3 centímetros de diámetro, pero solo cuando esté erecto."
La tercera. A los Genios les gusta la pizza de cuatro quesos, así que mejor cuando vayas a la playa te lleves una, así no te puteará para conseguir una.
La cuarta y la más importante. Por muy maravilloso que sea algo, por mucho que lo frotes, por mucha ansia que le pongas, ganas, ilusiones, solo vas a conseguir que te den por el culo.

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